Columna de opinión de Alfonso Gómez, Decano Escuela de Negocios UAI - Director de Octantis.
Pablo Picasso dijo que todo niño nace artista y que se requiere el trabajo sistemático del hogar y la escuela para anular esos talentos. Con el emprendedor que llevamos dentro sucede algo semejante.
Jugar al almacén cual Manolito de la Mafalda, fabricar galletas o lavar el auto por un par de lucas, forman parte del paisaje natural de un niño, tanto como lo es dibujar o jugar a la mamá o a la guerra. Construir valor económico ocupa un lugar incuestionable en el legado de nuestra especie.Ahora bien, si ello es así, ¿por qué no vivimos en un país plagado de emprendedores? La explicación hay que buscarla, al menos parcialmente, en razones de tipo cultural.
Nuestra sociedad parece no reconocer ni apreciar suficientemente el valor de emprender, ni siente una particular admiración por quienes optan por el riesgoso camino de innovar en vez de buscar la estabilidad pasiva de un empleo seguro. En nuestro medio, empresario y emprendedor se usan como sinónimos y -como regla general- los primeros son considerados más cercanos al gigante egoísta que a Superman; a Mr. Burns que al Nico Boetsch. Empresario, emprendedor y explotador son términos que nuestra literatura y nuestro folklore se han encargado de confundir como si fueran una y la misma cosa.
Así, el descrédito y la sofocación de nuestro ser emprendedor comienza muy temprano, cuando el "¿qué vas a ser cuando grande?" sólo se satisface con respuestas que tienen nombre de profesiones liberales como médico, abogado o ingeniero. Responder "voy a ser ingeniero, pero ingeniero emprendedor" probablemente generaría más desconcierto que tranquilidad en los mayores. En la escuela, los profesores tampoco han sido precisamente los adalides de la creación de valor y, lo contrario, es más bien la regla.
¿Cómo cambiamos esta realidad? La respuesta surge de generar realidades tan básicas como lo es el criar a nuestras niñas y niños en un medio en el que se valoran los modelos de amor, el pensamiento crítico, la solidaridad y el juego creativo. Necesitamos profesores capaces de reconocer que la capacidad de usar la imaginación y la libertad para emprender es un valor positivo y universal, que merece ser reconocido y cultivado en nuestros niños.
¿Qué pasaría si, como parte del programa escolar, se permitiera a nuestros hijos conocer la biografía de Steve Jobs o de Wenceslao Casares, con sus aciertos y desaciertos, con sus ideales y sus logros concretos? ¿Qué pasaría si un ejercicio habitual en nuestros niños fuese tener que imaginar cómo hacer de su casa y de su barrio, lugares más prósperos y más dignos? ¿Qué descubrimientos, qué asociaciones, qué emprendimientos surgirían de hacer algo así?
Las estadísticas nos dicen que en el día de hoy unos 806 hombres y mujeres nacerán en Chile. Si nos atenemos a la realidad actual, sólo 4,7 crecerán para ser emprendedores de algún tipo y tamaño, o sea incubamos un emprendedor por cada 170 chilenos, un magro 0,6% de la población. Recordando que es emprendedor tanto quien genera una nueva empresa como quien innova y crea valor al interior de una empresa existente, podemos preguntarnos: ¿Cómo sería nuestro país si un diez por ciento de los recién nacidos lograra desarrollar el emprendedor que en potencia nace con cada uno de ellos? Si logramos generar condiciones favorables para que ello ocurra, nuestro país aceleraría de manera notable el proceso de convertirse en la sociedad de méritos, oportunidades y bienestar con la que muchos soñamos.
NOTA: Colaboraron de Endeavor Carlos Vignolo, Rodrigo Jordán, Jaime de la Barra, Jacqueline Plass, Daniel Daccarett, Leor Prieto y Alan Farcas.
Fuente: Diario La Tercera










